· Guillermo García Valera:
En estos tiempos en los que los quintos de cerveza se destapan usando la dentadura, no viene mal reivindicar la urbanidad cuando uno está sentado a la mesa y el rol decisivo de los cubiertos en nuestras vidas. Puntualizo: no se trata de comer langostinos usando tenedor y espátula, ni de hacer la guerra a los palillos (todavía alguien me acusará de anti-oriental). Pero es innegable que la humanidad comenzó a adquirir rasgos de civilización cuando contó con un cuchillo bien afilado para trinchar el filete de Diplodocus. (O para zanjar disputas con el vecino de caverna.) De niño, sufrí el azote de la buena educación. Mis padres me inculcaron con tenacidad modales exquisitos de los que conservo todo menos la exquisitez. Astérix y Obélix, unos de mis primeros héroes, se daban festines a dos manos con jamones de javalí; en mi inocencia, los envidiaba por ese gesto preñado de libertad. Ellos alimentaron mi inicial rebeldía contra las enseñanzas dirigidas a hacer de mí un caballero. Al final, se impuso en mí el criterio de la buena usanza, y ya no me pongo ante un plato sin la compañía de los imprescindibles cubiertos.
· María Cánovas Martínez:
Qué sabio aquel Juan José Ballesta de Planta cuarta cuando rezó que de mayor montaría un restaurante que llevaría por nombre 'Con los dedos'. Evidentemente. Pero no se vayan ustedes a pensar que por no querer ni ver los cinco cubiertos a cada lado del plato resulte ahora que voy por la vida a lo hombre de Cromagnon. Las mejores comidas de mi vida son las que me hacía mi madre para merendar. A mordiscos. Así disfrutaba yo de aquellos bocadillos mientras correteaba por las calles estrechas de mi niñez. Lo recuerdo con la certeza de que lo referente a las manos guarda un cierto toque de ingenuidad, no de dejadez. Sin embargo, aún me sigue seduciendo el no resistir la tentación satánica de mojar el pan en cualquier salsa. Y que la sociedad siga cargando con su losa. Igual es que tiro a lo plebeyo, como en la Antigua Roma, donde no se comía con otra cosa que no fuera las manos. Unas buenas gambas a la plancha o, que no se diga, un gran cucurucho de vainilla o una deliciosa porción de pizza. Si puedo, sin cubiertos. Es más, se trata de eso. Disfrutar. "La cena de la otra noche estuvo pa chuparse los dedos, ¿eh?". Amén.
Y que le digan a un murciano que se coma el pastel de carne con cuchillo y tenedor...







